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Torrelodones Siglo XVII

Por Olivia   /     Jul 10, 2012  /     Cultura  /     1 Comentario

Sumida en el ritmo frenético de los exámenes, y sobrecogida por un tiempo primaveral sin orden ni conciencia, me disponía a estudiar la asignatura “Fuentes de la Historia del Arte: Edad Moderna”. Traté de concienciarme del cambio que iba a suponer dejar de estar sumergida en el mundo virtual de Internet, para adentrarme en un entresijo de cuadros, cartas, testamentos, tratados, dibujos y todo tipo de papelajos del Renacimiento y el Barroco, que como alumna me tocaba desempolvar. Así pues, empecé a estudiar sin mayor interés, sin sospechar que al cabo de unos días estaría totalmente entregada a esta asignatura: documentos falsos, archivos secretos descubiertos por casualidad, falsificaciones, robos, tesoros de la Corona, máquinas bélicas imposibles, mensajes codificados…, un mundo apasionante que albergaba una sorpresa aún mayor.

Torrelodones Siglo XVII

Llegó el tema dedicado a los viajeros del siglo XVII, que recorrían nuestro país observando y anotando en diarios todo aquello que les llamaba la atención acerca de pueblos, costumbres y gentes. Uno de estos relatos era Viaje de Cosme de Médicis por España y Portugal (1668-1669), acompañado de ilustraciones de Pier Maria Baldi que debía memorizar de cara al examen. ¡Y cuál fue mi sorpresa al descubrir el Torrelodones del siglo XVII entre ellas! Sabía que Torrelodones fue lugar de paso de camino a El Escorial, pero no esperaba encontrar una ilustración de aquella época, y menos aún, tan entrañable.

Torrelodones Siglo XVII

Puesto que me mantenía escéptica, analicé con detalle este paisaje; a la izquierda, lejana,
identifiqué la atalaya, coronando un paisaje rocoso por el que pasean cuatro figuras, totalmente ajenas a mi euforia, con apenas unas pocas casas a su alrededor; una filacteria que reposa sobre unas rocas me confirmó que se trataba de “Torre de los Oydores”. Aunque es conocido desde tiempos inmemoriales, para mí constituía un auténtico descubrimiento, así que quise compartir este hallazgo con los míos, y no dudé en ponerme en contacto, a través de Facebook, con Vecinos por Torrelodones, que acogieron con entusiasmo mi mensaje, animándome a compartir esta anécdota con vosotros.

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Mercadillo Popular, encuentro de Vecinos

Por Vecinos   /     Jul 02, 2012  /     Eventos  /     3 Comentarios

Mercadillo Ha amanecido un día precioso, con una leve brisa y una temperatura perfecta que ha conseguido que las más de 1000 personas que han visitado el mercadillo hayan disfrutado de un precioso viaje donde se podía encontrar todo tipo de cosas.

Es indudable que este evento se ha convertido, después de tres ediciones, en un bonito acontecimiento social. Una iniciativa de algunos vecinos que ha superado todas las espectativas de participación y asistencia.

Dar un paseo por los 98 puestos del Mercadillo era encontrarte con vecinos, amigos y familias enteras que se han reunido para pasar una mañana juntos, con el fin de sacar todas aquellas cosas que están almacenadas en casa para que otros les encuentren un uso mejor. Los niños con la ilusión de conseguir unos euros, asociaciones y ONG’s haciendo su labor, con originalidad en algunos casos y siempre con compromiso. Un rato para charlar o para conocer a otras personas, un momento para tomar un café y seguir el pequeño viaje. Si uno es observador, se podían encontrar muchas “gangas”, cosas curiosas y un montón de detalles sorprendentes. Toda una mañana paseando con la cámara en la mano ha significado el descubrimiento de muchos de estos detalles que queremos compartir contigo en el montaje fotográfico que ilustra este viaje. Hasta el próximo Mercadillo vecinos!!!!

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Su excelencia

Por Pepe Templado   /     Jun 29, 2012  /     Noticias  /     4 Comentarios

ExcelenciaHace unas semanas la Secretaria de Estado de Investigación, Desarrollo e Innovación publicó un artículo en el que, con motivo de la crisis, abogaba por reducir el contingente de investigadores sólo a los más excelentes. Poco después, dos de los investigadores considerados excelentes publicaban sucesivamente en El País artículos en el mismo sentido. Nos encontramos, pues, los investigadores en plena ofensiva de la “excelencia”, término que aparece por doquier en todo tipo de documentos oficiales u oficiosos, en el lenguaje político y en el discurso de los generadores de opinión. Como en Celtiberia somos más dados a los excesos que a la moderación, nos toca ahora el empacho de excelencia. Hasta hace sólo unos pocos años, la única “excelencia” que conocía era el Generalísimo Franco; quizá por eso no me agrade el palabro.

En el ámbito general, el sustantivo en cuestión forma parte de ese vocabulario vacío propio de modas, de lo políticamente al uso o de la publicidad, como pueden ser “emprendedor”, “sostenible”, “ecológico” y otros tantos. Sin embargo, en el campo de la investigación científica la cosa cambia, pues se ha establecido toda una métrica que permite medir la excelencia, por lo que ésta deja aquí de ser algo impreciso y que simplemente suena bien. Voy a referirme a este (mi) campo profesional.

No dudo que perseguir la excelencia (aceptemos el término) sea bueno, sobre todo si tal ambición se desarrolla con discreción y con ciertos niveles de autocrítica, pero cuando se convierte en obsesión o forma de vida puede acabar derivando en el exhibicionismo, primero, y en psicopatía, después, como en el caso de la anorexia, la vigorexia o la ludopatía, por poner unos ejemplos. Quizá la psiquiatría podría ir buscando ya un término para una nueva psicopatía cuyos síntomas empiezan a ser evidentes en algunos investigadores “de moda”.

ForgesEn este mundo mercantilista sólo se valora lo que puede medirse con números o índices. La simpatía, el sentido del humor, la bondad o la buena educación, todavía no cotizan. Todos, dentro del ámbito de lo subjetivo, sabemos quien nos parece simpático, gracioso, agradable, bueno o educado, pero no nos atreveríamos a afirmar públicamente que somos más simpáticos que el vecino (o competidor inmediato). Sin embargo, en la investigación científica la excelencia sí podemos medirla a través de unos baremos e índices que nos han sido impuestos (no entro a valorar aquí su mayor o menor bondad, lo cual merecería otro debate). Por tanto, uno no sólo puede medirse y compararse con los demás investigadores, sino que además te ves obligado a hacerlo continuamente y a ser calificado dentro las distintas categorías de excelencia que se establezcan en cada caso. No es de extrañar así que los más excelentes caigan en la humana tentación de exhibir tal condición. La vanidad es inherente a todo ser humano y todos buscamos ser valorados o admirados. Ello normalmente lo perseguimos tratando de resaltar nuestras virtudes y de ocultar (en vano) nuestros defectos. Sin embargo, la intuición me dice que la aceptación de los que te rodean se consigue más bien a través de una combinación equilibrada de defectos y virtudes (y me temo que son los defectos los que nos hacen más humanos). Por el contrario, los “perfectos” (los que carecen de defectos) tienden a producir cierto rechazo (o mucho, en el caso de un exceso de presunción a través del alarde desmesurado de las virtudes propias). Quizá sean determinadas cualidades no cuantificables las que proporcionen mayores grados de aceptación.

Rafa Nadal (Reuters)El que haya conseguido leer hasta aquí ya se habrá percatado acertadamente de que no me considero excelente y que trato de alguna forma de justificar mi condición de normal, aunque me esfuerzo denodadamente en ser “más normal que la media”. Me queda el consuelo de que para que existan los excelentes es necesaria también la existencia de los que no lo somos y, por tanto, desempeñamos nuestro imprescindible papel en el sistema, aunque sea un papel poco visible o poco vistoso. Lo cierto es que los excelentes sólo pueden ser considerados como tales si existe suficiente masa crítica dentro de la cual puedan destacar. No me imagino una sociedad en la que sólo tengan cabida los médicos de renombre, los arquitectos estrella, los policías distinguidos con alguna condecoración, los empresarios favoritos del Ministro de Economía, un ejército formado exclusivamente por generales, un contingente de deportistas formado sólo por Rafa Nadal y Fernando Alonso, o una sociedad, en fin, tejida sólo por los profesionales más aventajados, aunque a nuestra Secretaria de Estado igual se le ha ocurrido (por lo de la crisis). Sí me imagino, sin embargo, una clase política formada sólamente por aquellos que aprueben en las encuestas del CIS, aunque se aproxime a un conjunto vacío.

El caso es que cuando las crisis aprietan, existe la tendencia a que las élites traten de salvarse de la quema, trazando muy bien los límites que las conforman. Fuera de dichos límites quedaría a su suerte toda una masa indiferenciada de ciudadanos anónimos, buena parte de los cuales han cometido la gran torpeza de ser normales. En esta sociedad competitiva e individualista que hemos creado, la palabra mediocre, que en origen se refería a lo que estaba alrededor de la media, tiene ahora un sentido peyorativo (si eres “normalucho”, no te comes una rosca).

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